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Por el 28 de marzo

Foto del escritor: luismiguelminarro
luismiguelminarro
23 mar
2 min de lectura

Actualizado: 24 mar

La memoria de Miguel Hernández no es un archivo muerto, aunque a punto estuvo de serlo si no hubiera sido por el celo con el que la sostuvo Josefina Manresa, aquella “mujer morena, resuelta en luna”. No fue solo la viuda que guardó cartas y manuscritos, fue la primera archivera de un escritor incómodo, la custodio silenciosa de una palabra perseguida. Su papel no fue anecdótico, sin ella, buena parte de la obra hernandiana se habría dispersado, mutilado o perdido. La historia cultural española tiene una deuda con esa forma de resistencia doméstica que rara vez se reconoce, la de las mujeres que, sin tribunas ni academias, sostuvieron la memoria de los derrotados.


Mientras en el país se empeñaban en que olvidáramos y todo se sepultaba en las cunetas, en las fosas, en las prisiones, en las bocas calladas por el espanto, en el silencio, ella aprendía a conservar cosiendo los recuerdos en la intimidad de los cajones, protegiendo con sus manos con el mismo miedo de quien guarda una llama en medio del viento y teme que se extinga. Pero no fue así y gracias a ella, respira, incomoda, ilumina, vuelve y  trae algo en su voz que se resiste a ser domesticado, que nos recuerda el polvo de las trincheras, el hambre y la soledad de las cárceles, la tristeza de las guerras (hoy, ahora, otra vez) y la dignidad intacta de quien escribió dejando en ello el cuerpo entero. Por eso, hablar de su legado no es un gesto neutro. Es, inevitablemente, una toma de posición.


El legado de Miguel Hernández se encuentra ahora, en Quesada, el pueblo natal de Josefina; pero esto no es un detalle meramente administrativo, tal vez haya sido un intento de llevarlo a un lugar anterior a las disputas. Durante años, su nombre estuvo ligado a Orihuela, donde nació; a Elche, donde vivió su viuda; a Alicante donde reposan sus restos. Cada una de estas ciudades reclamó una parte de su historia, como si el poeta pudiera dividirse en geografías; pero ahora, la antipolítica de unos, lo quiere volver a silenciar, pretende dejarlo fuera de la “senda”, apartado del camino.  Ignoran  que no es a ellos a los que pertenece la memoria del poeta y que su obra ya desborda cualquier límite, cualquier imposición. No es cuestión de elegir, pero parece que en Quesada ha encontrado una paz que ayuda a reconstruir los afectos simbólicos de su vida: Jaén y Josefina.


Mientras tanto, seguirá siendo leído en silencio, recitado en voz alta, cantado, discutido; sin solemnidad, pero a plena conciencia; porque conservar un legado no solo es conservar los papeles, sino mantener viva la emoción y la pasión que los hizo posibles.

 
 
 

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