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25 de octubre · 70º aniversario del Premio Nobel de Literatura

Foto del escritor: luismiguelminarro
luismiguelminarro
hace 3 días
3 min de lectura

Setenta años después de recibir el Nobel, el faro del poeta de Moguer sigue iluminando la literatura española. El 25 de octubre de 1956, a propuesta de la Universidad de Maryland, la Academia Sueca concedió el Premio Nobel de Literatura a Juan Ramón Jiménez Mantecón, el poeta que había hecho de la búsqueda de la belleza una forma de conocimiento y de la palabra una tentativa de eternidad; el galardón, como así se dijo, reconocía que su poesía era ejemplo de «alta espiritualidad y pureza artística»; una distinción que situaba su obra entre las grandes contribuciones de la literatura universal.

Setenta años después la celebración invita a regresar a sus versos, pero también a mirar más allá de ellos. La palabra de Juan Ramón se prolonga en los poetas que aprendieron a leer de otra manera gracias a él, en una generación que encontró en su obra un camino hacia la modernidad desde la tradición. Es por lo que la efeméride adquiere una particular intensidad en vísperas del centenario de la Generación del 27, lo que permitirá, sin duda, revisar los vínculos y las complicidades de aquella extraordinaria constelación literaria con sus maestros.

La Generación del 27 no surgió de la nada, sus integrantes respiraron un ambiente cultural, científico y artístico que no ha vuelto a tener similitudes en tiempos más recientes; heredaron una tradición, dialogaron con las vanguardias europeas y buscaron su propia voz. En ese proceso, Juan Ramón Jiménez desempeñó un papel decisivo, tanto por la influencia de su poesía como por su actividad de editor, orientador y protector de los jóvenes escritores. En el Madrid de los años veinte, los jóvenes poetas encontraron en él un ejemplo de rigor, de independencia y de confianza absoluta en las posibilidades del lenguaje, y los proyectos editoriales que impulsó contribuyeron a dar visibilidad a autores que estaban construyendo una nueva poesía española. En la obra de Juan Ramón encontramos la mejor definición de un maestro, aquel que no busca que los demás escriban como él, pero que ayuda a los demás a descubrir y proyectar una voz que antes no se había escuchado.

 

La Guerra Civil española obligó a Juan Ramón a abandonar España en 1936. El exilio lo llevó a América y terminó por convertir a Puerto Rico en el último territorio de su vida. El exilio fue una herida histórica y personal. España había quedado lejos, pero la lengua seguía siendo su casa y las palabras los muebles que le ayudaban a habitarla. Una historia que también pertenece a tantos escritores, escritoras e intelectuales españoles a quienes la Guerra Civil puso distancia y circunstancias para silenciarlos o directamente eliminarlos.


Por otra parte, al evocar a Juan Ramón Jiménez, sería injusto dejar en segundo plano a Zenobia Camprubí. Su presencia fue esencial en la vida personal e intelectual del poeta. Fue una intelectual con intereses propios, una mujer comprometida con la cultura y con el reconocimiento de la capacidad creadora femenina; su participación en la vida cultural de la época y su actividad en favor de la educación y la autonomía de las mujeres merecen un reconocimiento que durante demasiado tiempo quedó subordinado a la celebridad de su marido. Sin embargo, el destino quiso que el Nobel y la despedida se acercaran dolorosamente. Zenobia falleció el 28 de octubre, apenas tres días después de la concesión del premio. La historia del Nobel de 1956 es también, por eso, una historia de amor y compañía que se vieron frustrados por el dolor de las ausencias.


Ahora, este aniversario coincide con el 145.º de su nacimiento, el próximo 23 de diciembre, y con los preparativos para el centenario de la Generación del 27. Es una ocasión para leer de nuevo a aquellos autores y sus maestros, y recuperar también a las mujeres cuya aportación a aquella vida cultural reclama una presencia mayor en nuestra memoria. Juan Ramón Jiménez escribía, precisamente, contra la fugacidad, contra la pérdida, aun sabiendo que ninguna obra puede vencer al tiempo si no encuentra un lector o lectora dispuesto a encontrarla.

 
 
 

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