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L'estaca

Foto del escritor: luismiguelminarro
luismiguelminarro
hace 6 días
4 min de lectura

Ya habían pasado algunos años desde que en 1968 Lluís LLach había compuesto la famosa canción L’estaca. Eran aires de cambio y los de mi generación y otros mayores coreábamos a voz en grito el estribillo, aquel tomba, tomba, tomba, memorable

 

 


Si estirem tots ella cauràI

molt de temps no pot durar

Segur que tomba

Tomba, tomba

Ben corcada deu ser ja

Si jo l'estiro fort per aqui

I tu l'estires fort per allà

Segur que tomba

Tomba, tomba

 

La mayoría no sabíamos catalán, pero sí entendíamos que aquella canción había nacido para ser símbolo de resistencia, himno de la lucha antifascista; era una llamada a reconocer las ataduras que nos tuvieron amarrados durante tanto tiempo y a comprender que solo podríamos liberarnos si todos estábamos unidos por la misma causa. “Si estiramos todos, ella caerá y no puede durar mucho tiempo, seguro que cae, cae, cae. Si yo estiro fuerte por aquí y tú estiras fuerte por allá, seguro que cae, cae, cae”.

Su metáfora era lo bastante poderosa para viajar: una estaca, unas cuerdas, descubrir que la fuerza individual no basta y una libertad que solo puede llegar cuando existe voluntad de actuar juntos. De esta forma, L’estaca cruzó fronteras y encontró otras gargantas que la cantaran; la de aquellos y aquellas que se enfrentaban a regímenes autoritarios en otros lugares del mundo.

 

La paradoja se da cuando es precisamente la derecha y la ultraderecha españolas las que invocan una supuesta libertad, hacen suyos determinados símbolos y se apropian del relato de quienes tuvieron que luchar para conquistarla. Adoptan el lenguaje de quienes combatieron un poder que no podía ser sustituido en las urnas, como si la oposición política de hoy viviera las mismas circunstancias que la resistencia de ayer. La ironía resulta todavía más intensa cuando la evocación de la liberación se acompaña de discursos que cuestionan avances sociales, desprecian determinadas conquistas democráticas o reivindican, de manera abierta o encubierta, tradiciones políticas vinculadas al autoritarismo.

Es Aznar diciendo “el que pueda hacer que haga”, hay que estirar de un lado y de otro hasta que caiga, segur que tomba. Es la política del acoso y derribo del Gobierno de Pedro Sánchez como única causa, construida sobre la idea de que el Ejecutivo constituye una anomalía que debe ser corregida, una amenaza que debe ser neutralizada o un poder cuya legitimidad se presenta, cuanto menos, sospechosa. En ese clima, la tentación de manipular y retorcer el lenguaje está bien presente y es entonces cuando el relato sustituye a la realidad, porque una cosa es oponerse y trabajar para sustituir a un gobierno electoralmente y otra, bien distinta, es representar la discrepancia como si se estuviera librando una batalla de tintes épicos contra una tiranía, borrar las diferencias entre un Gobierno democrático y un régimen autoritario; no es lo mismo estar frente a una mayoría parlamentaria que resulta incómoda que frente a una estructura de dominación que niega cualquier tipo de libertad. En una democracia, tirar de la cuerda puede significar votar, protestar, organizarse, denunciar la corrupción, defender los servicios públicos o exigir responsabilidades; lo que no debería significar es tratar de convencer a los ciudadanos de que solo existe una salida legítima y que cualquier resultado distinto constituye una usurpación.

 

La diferencia no es menor y confundir ambas cosas no es una licencia poética inocente que puede acabar desdibujando el valor de aquello que se pretende defender, en definitiva, la libertad y el avance de los derechos sociales. Confundir esas categorías banaliza la historia y hace más difícil reconocer las amenazas verdaderas cuando aparecen. La derecha y la ultraderecha conocen bien la potencia de ese lenguaje y utilizan el acoso y derribo como horizonte permanente, pero eso empobrece la política porque no busca resolver los problemas que afectan a la ciudadanía, sino mantener vivo un estado de alarma en el que la derrota del adversario se convierte en el único objetivo que da sentido a todo lo demás. Y cuando la política se reduce a esa lógica, el debate sobre la vivienda, los salarios, la educación, la sanidad, las pensiones o la política migratoria, no importa; es por eso que todavía no nos han explicado bien qué quieren hacer y solo nos muestran banderas y pulseras, eslóganes simples para explicar problemas complejos. En algún desliz de su subconsciente han enseñado la patita y nos han traído ejemplos foráneos de las recetas que quieren aplicar aquí.

En estas, mientras llega la campaña electoral (la oficial), seguiremos apelando al espíritu de aquella vieja canción, porque si falta un salario digno, una vivienda que cobije, unas pensiones que permitan vivir con tranquilidad, una sanidad pública que nos cuide y una educación que ofrezca oportunidades reales a los jóvenes, seguiremos atados a una estaca indefensos, sintiéndonos culpables por haber osado vivir por encima de lo que nos corresponde, asumiendo que los sacrificios que los gobernantes nos impongan estarán bien merecidos, que para eso seremos “prioridad nacional”. Quizá por eso convenga regresar al abuelo Siset y explicar a los jóvenes el valor de todo lo que hemos conquistado juntos, para situarnos enfrente de los que pretenden que solo su victoria sea legítima.

 
 
 

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