Noventa años

Se dice y se acepta que a Federico García Lorca lo asesinaron el 18 de agosto, en 1936. Lo curioso de todo esto es que él ya se había manifestado sobre su propia muerte mucho antes de que llegara. En Fábula y rueda de los tres amigos (Enrique, Emilio y Lorenzo) escribió:
Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
Ya no me encontraron.
¿No me encontraron?
No. No me encontraron.
Cuando leemos esos versos a sabiendas de que Federico fue asesinado y que su cuerpo continúa desaparecido, resulta imposible no sentir un escalofrío. Será su duende, esa emoción, ese “poder que todos sienten y que ningún filósofo explica”[1]el que nos estremece; porque está claro que no lo escribió como si hubiera sido un vidente, un adivino que anticipa su futuro y lo convierte en profecía. Lorca llevaba años escribiendo sobre la muerte, la llevaba en la maleta de su universo simbólico, estaba en sus romances, en sus canciones, en sus dibujos; por eso, cuando al final se cruzó con él, lo reconoció y las balas le llegaron fulminantes para que la realidad terminara pareciéndose demasiado a la literatura.
Como en una tragedia de las suyas, el mismo día, pero un año después, muere en el frente del norte Rodríguez Rapún, su “tres erres”. Primero cae Federico, después Rapún; en medio queda Ramírez de Lucas, su “rubio de Albacete”, que tuvo que esperar 70 años a confesar su amor desdichado. Noventa años después seguimos preguntándonos si los Sonetos del amor oscuro[2] pertenecen a una ‘R’ o a la otra, sin darnos cuenta de que eso importe menos de lo que creemos, porque el verdadero destinatario de aquellos poemas y de todo lo demás terminó siendo el tiempo. Y el tiempo somos nosotros.
[1] En 1933, el poeta defendió en Buenos Aires su “Teoría y juego del duende”
[2] Pueden leerse aquí: Sonetos del amor oscuro.pdf



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