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La telegrafista de Churchill

Foto del escritor: luismiguelminarro
luismiguelminarro
21 jul
2 min de lectura

Actualizado: 14 ago


Hay un instante que muy pocos lectores llegan a imaginar y que ocurre unos minutos después de que el autor levante las manos del teclado y dé por hecho  que ya no tiene nada más que contar. Es un momento extraño en el que hay satisfacción, sin duda, pero también una cierta sensación de vacío. Durante meses, y a veces durante años, la historia y los personajes han ocupado un lugar importante en la vida del escritor; han compartido los desayunos, los viajes, los paseos y hasta las noches de insomnio; se han puesto a conversar cuando el escritor intentaba dormir y han seguido creciendo incluso cuando el ordenador permanecía apagado. De pronto, todo eso se desconecta, se interrumpe, se silencia.

Con La telegrafista de Churchill esa sensación adquiere un significado especial. No solo concluye una novela, también termina una larga convivencia con Winston Churchill, con Muriel Ashcroft y con todos aquellos personajes que han transitado entre la Historia y la ficción. Después de decenas de páginas, ya no queda ninguna conversación pendiente, ningún telegrama por descifrar, ningún paseo por las calles  y los pubs de Londres o de un Estocolmo que abre la puerta a que la novela se resuelva.

Pero el trabajo aún no ha terminado, llega entonces el momento de las revisiones. El autor deja de comportarse como un narrador para convertirse en el primer lector de su propia obra; debe preguntarse si cada capítulo ocupa el lugar adecuado, si un diálogo necesita respirar, si falta una escena que haga que la historia avance de forma coherente o si una descripción detiene el ritmo narrativo y es solo un capricho que se concede el creador, pero que no aporta nada y es un riesgo literario innecesario. Con lo que cuesta escribir un solo párrafo, tal vez haya que podar, ¡uf, cuánto dolor!

Sin embargo, revisar no significa desconfiar de lo escrito, es un ejercicio de humildad, de respeto para exigirte una mejor versión, de paciencia, porque hay páginas que solo revelan sus imperfecciones cuando han pasado varias semanas desde que se han escrito. La revisión pide, además, una disposición emocional diferente, la que  permite que el escritor se prepare para que la novela deje de pertenecerle en exclusiva y poco a poco se convierta en un libro destinado a otros lectores. Es el momento de pensar en el corrector, en el editor, que leerán el manuscrito por primera vez y deberán valorar la calidad literaria y, a la vez, sus posibilidades como producto editorial y comercial. Vendrán entonces otras miradas, una conversación distinta con otras personas que ayudarán a descubrir aspectos que el propio autor ya no podía percibir después de una convivencia tan estrecha y prolongada con el relato y sus personajes.

En ello estará la emoción penúltima, la de no dejar cerrada la historia por el mero hecho de haberla entregado; queda todavía comprobar si la novela está preparada para emprender su propio camino y puede defenderse por sí misma. En eso estamos.

 

 
 
 

1 comentario

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Martín Vicente
Martín Vicente
22 jul
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

¡Estupendo artículo, Luís Miguel! Refleja y describe muy bien un sentimiento y unas sensaciones parecidas a las que siento cuando estoy pintando. Cuando estoy en cualquier fase del proceso de creación de un cuadro, en muchas ocasiones me planteo que la obra no es solo mía. Y el verla como algo "con vida propia" y en cierto modo compartido ya con los demás, me motiva y me ayuda a superar los pequeños o grandes bajones, que a veces no podemos evitar los artistas. Mucho ánimo para ti, como autor, y, por qué no, para esos personajes que están a la espera de que se alce el telón y puedan volar por sí solos. El título es muy sugerente y l…

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