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LA GRAMÁTICA DE LOS ESPACIOS

Foto del escritor: luismiguelminarro
luismiguelminarro
6 feb
3 min de lectura

Cuando pensamos en comunicación solemos imaginar palabras, frases bien construidas o discursos persuasivos; sin embargo, gran parte de lo que entendemos de los demás no se dice. La comunicación no verbal es ese territorio silencioso que acompaña, refuerza o contradice lo que queremos expresar; porque antes de hablar, el cuerpo ya ha tomado posición y mientras hablamos, sigue diciendo cosas. Es la proxemia.

La proxémica, por tanto, es el estudio del uso del espacio en la interacción humana. Analiza cómo la distancia entre las personas, la disposición de los cuerpos o la organización de los espacios comunican significados. Edward T. Hall, antropólogo estadounidense, fue quien formuló este concepto y propuso una clasificación de distancias que todavía hoy resulta útil: íntima, personal, social y pública. Y conviene saber que cada una se activa según el grado de confianza, la situación y, principalmente, el suelo cultural en el que se despliega la interacción y la comunicación.

Pero la proxemia no actúa sola, sino que forma parte de ese sistema más amplio de comunicación no verbal en el que la quinésica, el estudio de los movimientos corporales, los gestos, las posturas y las expresiones faciales, ocupa un lugar central. Si la proxémica se refiere a las distancias, la quinésica a cómo se mueve el cuerpo dentro de ese espacio. Una determina la distancia, la otra da sentido y contenido a esa distancia. No basta con saber a cuántos centímetros colocarse, ya que un mismo gesto puede resultar cercano o amenazante según la distancia; y una misma distancia puede percibirse como cordial o tensa según la postura, la mirada o el ritmo de los movimientos.

Estos dos elementos de la comunicación no verbal forman parte de nosotros de una forma aparentemente naturalizada y aunque nadie nos enseña a qué distancia hablar con una persona desconocida,  lo sabemos o creemos saberlo. Sin embargo, en la mayor parte de las ocasiones, no somos conscientes de cómo movemos las manos al hablar, cómo movemos el cuerpo si hablamos de pie o cómo orientamos el cuerpo cuando nos sentamos en una mesa de reuniones; tampoco de que la relación entre proxémica y quinésica está atravesada por factores como la jerarquía, la edad o el género, y que estos quedan condicionados por el factor cultural.  

Por todo ello, es al hablar de comunicación intercultural cuando percibimos que estos elementos se sitúan en un territorio invisible y especialmente delicado. Es por eso que cuando la comunicación fracasa no es solo por lo que se dice o se traduce mal. A menudo falla porque los cuerpos no se entienden, porque se mueven con ritmos distintos en espacios interpretados de forma desigual, en esa coreografía cotidiana de pasos, gestos y silencios que sostiene, o debilita, cualquier encuentro entre culturas.

La escena se repite con frecuencia en reuniones internacionales, aunque casi nunca se refiere en las crónicas. En la visita reciente a la Universidad de Chongqing, en la que participé, considero que buena parte de la comunicación más decisiva no pasó por las palabras, sino por ese espacio discreto pero poderoso de la comunicación intercultural. Recuerdo el gesto de recibir o entregar un obsequio  con las dos manos por delante, no como simple cortesía, sino como forma visible de respeto y atención que merece la otra persona; todo ello al ritmo de una partitura invisible que intentábamos seguir e interpretar, en la que espero no haber desafinado mucho.

China, en el plano normativo y simbólico, es una cultura donde el contacto físico afectivo, en público, entre adultos, es menos frecuente y el cuerpo guarda compostura y distancias que transmiten respeto, especialmente en contextos formales y jerárquicos; lo que desde una mirada española puede interpretarse como frialdad. Sin embargo, la experiencia cotidiana desmiente esa lectura simplificada que la perspectiva occidental concede a la idea de la burbuja personal amplia. Visto, ahora, desde la distancia, la clave bien pudo estar en no imponer la propia norma o costumbre, más dadas a las distancias cortas; ni en imitar de forma mecánica la ajena, sino en observar antes de actuar. ¿A qué distancia se sitúan los anfitriones entre ellos? ¿Cómo saludan a una autoridad académica? ¿Cómo se relacionan entre iguales? Y esperar, porque con el transcurso de los días, con la relación continuada, se comprobó que todo empezaba a relativizarse: la efusividad española empezaba a considerarse menos invasiva y la rigidez formal del lado chino se tornaba en calidez claramente percibida.

En definitiva, trabajar la competencia intercultural implica reconocer que, en Chongqing, como en cualquier otro cruce o intercambio cultural, gran parte del éxito bien puede depender de un buen uso de la gramática de las distancias y del movimiento, a ser posible con el adorno de la sonrisa. Al menos para mí, así fue y por eso puedo afirmar que todo aquello mereció la pena.

 
 
 

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