Día D

Desde hace ya un montón de meses, parte de mi empeño diario consiste en escribir mi segunda novela —La telegrafista de Churchill —, que nace precisamente en ese territorio en el que la historia, la memoria y la literatura se encuentran. Inspirada en las memorias de Winston Churchill, no pretende sustituir el rigor con el que la historia conserva las fechas, los mapas, las cifras, sino acercarnos a una dimensión más íntima. A través de personajes como Muriel, la telegrafista, la guerra deja de ser una sucesión de acontecimientos impersonales para convertirse en experiencias vividas en mitad del miedo, con esa terquedad cotidiana que reserva un resquicio de resistencia y da cobijo a la esperanza. Del mismo modo, esta obra se alimenta del pasado con la convicción de que la memoria debe servirnos para tomar conciencia de las consecuencias de los conflictos; para que dejen de ser monumentos que glorifican las guerras, la muerte y la destrucción.
Hoy, víspera del seis de junio, releo los textos para corregir, reescribir, tachar, añadir; lo que hacen siempre los escritores en su ansia perfeccionista y alocada cuando nunca están seguros de lo que hacen, de lo que cuentan y de cómo lo cuentan. Me encuentro con este capítulo que escribí hace varios meses y que para no alejarme mucho de lo que resulte original titulé «Día D». Ahora, al coincidir con la efemérides, me doy cuenta, como decía, de cómo la literatura transforma las fechas en experiencias humanas y convierte la memoria en conciencia; y que gracias a quienes leen y comparten estas historias pueden ser una herramienta de transmisión, una forma de recordar para no repetir y una oportunidad para defender la cultura de la paz, mientras se disfruta de la palabra. Por todo ello, aquí os dejo el capítulo (Día D) con el deseo de que podáis dedicar algo de tiempo a su lectura y a imaginar un mundo en paz. ¡Salud!



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