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Con el Quijote en la maleta

Foto del escritor: luismiguelminarro
luismiguelminarro
20 ene
6 min de lectura

En la Universidad de Educación de Chongqing. Texto íntegro de mi discurso en la ceremonia inaugural (29/12/2025) del Programa de intercambio de directivos de educación de España en China.


Distinguidas autoridades, ilustres miembros del claustro académico, estimados estudiantes, colegas. Estar aquí hoy es un gran honor que nunca hubiera imaginado. Es por eso que deseo manifestar, en primer lugar, mi gratitud por esta oportunidad que se abre en aras de la cooperación; algo que resulta cada vez más necesario si queremos generar espacios de reflexión que resulten fructíferos para el propósito de revisar y evaluar el papel de la educación en un mundo más abierto e intercultural. Nos reuniremos estos días para dialogar sobre formación y evaluación del profesorado, innovación, planificación escolar y sobre los desafíos a los que nos enfrentamos en estos tiempos líquidos. Como explicara el filósofo Zygmunt Bauman, tiempos de una modernidad caracterizada por el cambio constante y vertiginoso, la incertidumbre y la fragilidad de los vínculos sociales.

Y para iniciar esta conversación, quisiera proponerles una idea que puede parecer inesperada o que está desubicada en este lugar y en este tiempo. Permítanme que me deje acompañar por el caballero don Quijote, que es un gran embajador de mi tierra, La Mancha; de nuestro país, España. Desde la Castilla del siglo XVII, su historia ha viajado de lengua en lengua, de generación en generación, y ha encontrado un eco poderoso en lectores de muy distintas tradiciones en todo el mundo. Ese viaje demuestra que algunas obras, aunque nacen en un lugar concreto, pertenecen a todos y se convierten en universales e intemporales.

Su protagonista encarna una paradoja que todos reconocemos fácilmente: aparenta ser idealista y vulnerable, ingenuo, cómico, pero en realidad es profundamente sabio.  Don Quijote no es solo un personaje célebre de la cultura española, sino un símbolo global que representa la capacidad de no resignarse, de no rendirse, incluso cuando las circunstancias parecen estar en contra nuestra y se muestran más adversas. Resiliencia que se dice ahora. Les propongo, entonces, que piensen en cómo en la literatura, en su lectura, también podemos encontrar enseñanzas lúcidas y pertinentes para este siglo XXI; algo que no aparece en un tratado de vanguardia sobre pedagogía o de neurociencia aplicada a la educación ni en un algoritmo de inteligencia artificial, sino, en este caso, en las páginas de una novela escrita hace más de cuatrocientos años: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, junto a su segunda parte El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha.

Podrían pensar que la figura de un caballero enloquecido por leer es una extraña elección para iluminar nuestra labor como docentes; sin embargo, propongo una relectura diferente. Don Quijote no es sinónimo de locura, sino una poderosa alegoría del propósito más elevado de la educación: la capacidad de imaginar un mundo mejor para vivir y convivir, la inquebrantable búsqueda del conocimiento en la que se empeñen los que tienen vocación de aprender siempre, en cualquier momento de la vida; hábito que deben inocular los profesores a sus alumnos.

Esta idea dialoga con la visión que propone Cervantes a través de don Quijote. Para Alonso Quijano, la función más noble de la educación no es meramente informar, sino transformar; no consiste en llenar un recipiente vacío, sino en encender la luz que permita a cada individuo forjar su propia identidad y alumbrar su camino, aunque sea mediante el compromiso con un proyecto colectivo. No solo basta con instruir, sino que la escuela debe ofrecer las herramientas para que las personas se puedan orientar hacia un bien mayor, la búsqueda de la justicia y de la paz; no como una utopía inalcanzable, sino como un objetivo por el cual merece la pena luchar. 

La educación china también tiene una tradición milenaria, ligada al valor del aprendizaje, la disciplina intelectual y la búsqueda del equilibrio entre conocimiento y virtud; lo que permite cultivar la responsabilidad y edificar una sociedad armoniosa. De este modo, ambas culturas, separadas por miles de kilómetros y siglos de historia, coinciden en algo esencial, que la educación es un acto moral y social para transformar a las personas y conducirlas hacia un propósito más alto. Confucio afirmaba que “la educación genera confianza, la confianza genera esperanza y la esperanza genera paz”. 

Las aventuras de don Quijote, con sus fracasos y las humillaciones a las que es sometido, son la encarnación de esta lucha por la justicia en un lugar imperfecto. No obstante, sabemos que el mundo no recibe bien a los soñadores: se burla de don Quijote, lo golpea y lo engaña, porque, como nos recuerda la novela, este ya no está hecho para caballeros andantes. Esta tensión entre el ideal y la realidad es la misma a la que se enfrentan los maestros, o los investigadores, cuyos descubrimientos, a veces, desafían lo racional en su empeño por buscar el progreso. Por ello, reducir a don Quijote a la caricatura del "loco"  idealista es un error grave. La verdadera locura sería la resignación o la indiferencia, sin el coraje de intentar mejorar la existencia. Solo así, la educación cobrará su sentido más puro, el de una forma de "locura quijotesca”, necesaria, vital y esencialmente bella, en la que nuestra misión como maestros no sea mostrar los mapas del mundo conocido, sino enseñar a manejar las brújulas que ayuden a navegar por los territorios que aún no existen, aquellos que solo la imaginación puede concebir.

La otra gran enseñanza que nos ofrece es la que afirma que el conocimiento no debe ser una mercancía que se compra o se vende, o  que circula en una sola dirección, del maestro al discípulo. Enseñanza y aprendizaje son las dos caras de una misma moneda que adquiere valor, precisamente, gracias al diálogo, al intercambio entre los actores implicados, el maestro y el aprendiz. El diálogo como fuerza transformadora, la que convirtió a don Quijote en un nuevo Sancho y la que produjo la “quijotización” de Sancho Panza. Una gran innovación, aquella que, desde una perspectiva meramente literaria, simboliza un modelo educativo avanzado, moderno; basado en una relación más equitativa, caracterizado por el respeto mutuo y por el reconocimiento de que todos, sin importar su origen o su formación, tienen algo valioso que enseñar y algo importante que aprender.

En este contexto, el intercambio académico y la cooperación educativa entre China y España adquieren un valor estratégico, pero también  humano, de primer orden. No se trata solo de compartir metodologías, programas de estudio o fórmulas de organización escolar, sino de poner en diálogo dos tradiciones pedagógicas con trayectorias largas y experimentadas. Cada encuentro entre docentes, investigadores y estudiantes amplía la mirada y enriquece la forma en que entendemos la enseñanza, el aprendizaje y la responsabilidad social de la escuela de hoy en día.

El alcance de esta cooperación irá  más allá de la movilidad académica o de los convenios institucionales si nos permite  construir espacios comunes de reflexión sobre cuestiones que nos afectan a todos. Cómo formar a los docentes del futuro, cómo educar en valores en sociedades cada vez más complejas, cómo integrar la innovación y la tecnología sin perder el sentido humanista de la educación. En este diálogo, China aporta una visión basada en la constancia, el respeto por el saber y la comunidad, mientras que España contribuye con una tradición creativa y abierta al mestizaje cultural. La complementariedad es evidente y, con seguridad, podrá manifestarse fértil.

Desde una perspectiva quijotesca, este esfuerzo compartido es también un acto de confianza. Confiar en que el diálogo entre países, lenguas y sistemas educativos distintos no debilita nuestras identidades, sino que las fortalece. Como educadores, estamos llamados a tender puentes y a formar ciudadanos capaces de pensar más allá de sus fronteras, con respeto, curiosidad y compromiso. En ese empeño común, la colaboración entre China y España se convierte en un ejemplo de cómo la educación puede ser un verdadero estímulo para la prosperidad, el entendimiento y la paz.

Invito, por tanto, a todos ustedes a buscar en su "Quijote interior" el coraje de ver gigantes donde otros solo ven molinos de viento. Porque es precisamente esa visión la que impulsa todo progreso científico, social y humano. Es esa visión la que justifica, hoy más que nunca, el valor insustituible de la educación.

Muchas gracias

 
 
 

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