Chongqing. La ciudad de las montañas

Esta experiencia pertenece a ese territorio de lo inesperado, de tal modo que, hasta hace apenas unos meses, no habría ni siquiera imaginado. No estaba en mis mapas, ni en mis lecturas, ni en las proyecciones tranquilas de lo posible. Y, sin embargo, ha irrumpido con la contundencia de lo real, descolocando certezas y ampliando el marco desde el que desde ahora puedo mirar al mundo. He encontrado algo revelador al verme caminar por un lugar que antes no existía ni como deseo ni como hipótesis. Chongqing se ha presentado así, no como cumplimiento de una expectativa, sino como una bella disrupción que no se deja domesticar por lo previsible.
Ahora, acabo de regresar con la sensación de haber rozado algo tan inmenso que sería imposible intentar abarcarlo del todo. La experiencia ha sido un primer buceo en una cultura milenaria que no se muestra como reliquia, sino como algo que sigue palpitando, que está vivo. En China lo ancestral no se conserva en vitrinas, convive. Un templo aparece entre rascacielos iluminados, una ceremonia silenciosa se abre paso junto al ruido de una avenida elevada, y nadie parece ver contradicción alguna en ello.
Chongqing impresiona por su escala y por su ritmo. Más de treinta millones de personas avanzan en una coreografía que desde fuera parece caótica, pero que responde a una lógica propia, difícil de descifrar con una mirada europea. La ciudad se eleva y se hunde, se superpone en capas de hormigón, luces led y niebla. Hay momentos en los que uno se siente desbordado, casi perdido; y otros en los que surge una extraña calma al comprobar que todo funciona, que la vida fluye con una armonía impetuosa.
En mitad del tumulto surge majestuoso el Yangtsé. Desde sus orillas se aprende a mirar despacio, porque su presencia impone una calma que arrastra historias que no se ven, pero se intuyen a poco que uno tenga un mínimo de capacidad evocadora. Es este otro de esos lugares mágicos en los que se tiene la sensación de pisar un suelo que ha sido habitado y recreado durante siglos.
Las montañas suaves que envuelven la ciudad no la aíslan, la recogen y la amparan. Chongqing no se expande en horizontal, se adapta, se pliega al relieve con una naturalidad desconcertante. Vivir entre estas elevaciones es aceptar el desnivel como forma de vida, subir y bajar como gesto cotidiano, asumir que la perspectiva cambia a cada paso. Desde sus numerosos miradores, en las torres más altas que uno pueda imaginar, la ciudad se vuelve casi ínfima, fragmentada en luces y sombras; desde abajo, a pie de calle, la ciudad se levanta sobre el transeúnte con sus torres y puentes que se encabritan contra el cielo en esa geometría que fascina.
Al marcharnos, queda la impresión de haber formado parte, aunque solo sea por un instante, de un equilibrio antiguo que sigue reinventándose cada día. Chongqing no se comprende del todo, se siente. Y quizá ahí resida su fuerza, en obligarnos a aceptar que no todas las ciudades están hechas para ser entendidas, sino para ser vividas.
Este viaje no habría sido posible sin las personas que lo hicieron realidad desde el principio, con una dedicación discreta y eficaz que sostiene mucho más de lo que se ve. A ellas va un agradecimiento sincero, por abrir caminos, por cuidar los detalles y por permitir que la experiencia pudiera vivirse de esta forma tan gratificante y enriquecedora.
Pero el recuerdo estaría incompleto sin mencionar al grupo humano con el que hemos participado. Compartir el asombro, el cansancio, conversaciones improvisadas que ayudaban a conocernos, ha dado al viaje una dimensión distinta. Cada persona ha aportado su manera de estar, de observar y de comprender, ha propiciado una convivencia generosa y fácil, de esas que no siempre se dan y que se agradecen aún más cuando ocurren lejos de casa.
Vuelvo con la certeza de que los lugares importan, pero son las personas las que los hacen memorables. Gracias por el tiempo compartido y por haber hecho de esta experiencia algo que permanecerá, no solo en la memoria del viaje, sino en la memoria personal.



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