Alicante, "mon amour"

La mañana de finales de mayo entra en El Palmeral con una luz limpia, aunque ya poderosa, pero sin el daño que produce el verano cuando endurece los colores y vacía de sombra la ciudad. El cielo aparece despejado sobre las palmeras altas, y el mar, al fondo, mantiene ese brillo quieto de las primeras horas del día.
Hay algo preciso y sencillo en estas horas que se alarga hasta el mediodía, antes de que la luz de mayo se desparrame con más violencia y se quede suspendida sobre el agua, sobre los senderos, sobre el verde de los árboles.
Desde aquí Alicante se entiende de otra manera. Es la ciudad del bullicio, del sol y playa que contagia la vida de los residentes habituales que lucen de todos los tonos y colores, incluido el verde de los docentes en lucha por mejorar la educación pública; que inflama el pulso de los visitantes a los que tiñe de rojo antes de que sus pieles se acomoden al sol inclemente; pero en este lugar atravesado por la luz y por una lentitud mediterránea y ancestral, el parque tiene algo de refugio; un espacio que conserva una calma en la que el tiempo parece avanzar a otro ritmo lejos del tráfico, de las avenidas, del movimiento continuo del puerto.
Alicante, mon amour.
El título suena exagerado hasta que uno se detiene frente al agua tranquila del mar que se refleja en el cielo brillante de mayo. Alicante, decía Gabriel Miró, vive “traspasada de Mediterráneo”; y, quizá, en mañanas como esta, la expresión deja de parecer literaria para convertirse simplemente en una evidencia física: la luz sobre el agua, la sal detenida en el aire, las palmeras inmóviles que nos invitan a soñar con todos los rincones de este mismo mar en los que la paz también sea posible.



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